INTRODUCCIÓN
El outsourcing y
la subcontratación ha sido una figura utilizada por las diferentes empresas
(desde nuestro punto de vista, en exceso y en muchos de los casos con la única
finalidad de evitar pagar costos laborales y de seguridad social en detrimento
de las condiciones de trabajo o lo que se le ha llamado la “precarización del Trabajo”[1],
el outsourcing ha sido
utilizado como modelo productivo y la subcontratación es la expresión en el ámbito
de las relaciones laborales.
El outsourcing, no
es un fenómeno nuevo, su contenido y prácticas se encuentran presentes
prácticamente desde los inicios de la sociedad capitalista aunque, habría que
reconocerlo, su presencia constituía un obstáculo tal para el cumplimiento de
los fines del capital en términos de acumulación y sobrevivencia, que fue
colocado en el terreno de la marginalidad. Si tenemos presentes las primeras
prácticas de lo que ahora denominamos intermediarismo y el trabajo a domicilio podremos
comprender las dificultades que representaban para las primeras fábricas del
sistema capitalista, que requerían la concentración de grandes contingentes de
trabajadores ‘bajo un mismo techo’, en un momento en que era obligado para el
capital establecer su autoridad y control sobre los trabajadores de manera
concreta bajo esquemas de subordinación directa.[2]
El resultado de las transformaciones en el mercado de trabajo se
expresa actualmente a través de una diversidad de situaciones ocupacionales,
consideradas precarias, que involucran a sectores de población cada vez más
amplios: sub-ocupados demandantes, ocupados con escasa calificación, con bajos
salarios, sin beneficios sociales, jóvenes y mujeres con inserción laboral
inestable, con dificultades para continuar con su actividad, servicio
doméstico, beneficiarios de programas de empleo, constituyen el heterogéneo
universo de las formas que asume el empleo precario.
Diversos criterios y enfoques para definir y caracterizar la
precarización laboral se encuentran en la bibliografía especializada. Para la
CEPAL (2001) el surgimiento de formas “atípicas” de empleo, asociadas a una
baja calidad del empleo, permite hablar de precariedad. Este empleo atípico se
define por oposición al empleo estándar o “decente” (OIT, 2002), caracterizado
por ser reconocido, protegido, seguro y formal. El empleo precario es,
entonces, aquel que presenta niveles inferiores de seguridad social, de
derechos laborales y de remuneraciones en relación con los empleos clásicos.
La precariedad, en tanto está asociada con la inseguridad en el
empleo y la incertidumbre acerca de los ingresos presentes y futuros, puede
conducir a parte de los trabajadores a situaciones de exclusión[3], en
tanto sería un impedimento para su plena integración económica y social.
En prácticamente todos los países han operado cambios legislativos
en los ámbitos financieros, comerciales y laborales para facilitar una nueva
fase de la internacionalización del capital y de competencia entre distintos
bloques regionales. Todo para ponerse a tono con los acuerdos y tratados de
libre comercio. No podemos dejar de mencionar que al lado de los cambios
jurídicos nacionales, cada vez van adquiriendo mayor importancia las normas
multilaterales expedidas por los organismos internacionales tales como la ONU,
la OIT, la OCDE, entre otros, y las unilaterales de las propias empresas transnacionales.
Otro elemento que ha venido a modificar de manera sustancial las
reglas y mecanismos de las relaciones de trabajo son: Las nuevas tecnologías
que soportan y promueven la flexibilidad en general, tanto en lo que toca a los
procesos productivos como en la toma de decisiones al interior de las empresas
e instituciones, que facilitan la puesta en marcha de configuraciones
organizacionales más planas y dinámicas, así como la ubicación de partes del
proceso productivo y de las tareas administrativas y de dirección en distintos
y diversos territorios de una localidad, una región o el mundo. Ciertamente,
también estas tecnologías impactarán los puestos de trabajo, absorbiendo parte
de las tareas desarrolladas antes directamente por los trabajadores e
introduciendo nuevos requerimientos en términos de su calificación. Pero lo más
importante es que permiten, en función del tipo de tecnología concreta de la
que se hable y de la naturaleza específica de la tarea, la realización de
tareas productivas y no productivas en lugares distintos a los de las instalaciones
de la empresa o institución o de su área de influencia.
El outsourcing es capaz de integrarse y hacerse presente en
los modelos productivos que dan continuidad al taylorismo-fordismo, pero
también al postfordismo que busca o intenta negar al anterior. En su conjunto,
el outsourcing ofrece un escenario que cobija y promueve la coexistencia
de distintos arreglos productivos y organizacionales. Se hace presente en las
grandes y pequeñas empresas, en todos los sectores productivos, en la esfera pública
y privada y deja de lado la ya vieja contienda sobre la prevalencia del trabajo
neofordista o del posfordista a los que integra. En pocas palabras, el outsourcing
sería un modelo concentrador de formas pre modernas, modernas y
postmodernas de producción.[4]
Para al análisis del outsourcing consideramos pertinente utilizar los
modelos tradicionales de estudio de las relaciones de trabajo, pero se sabe que
la realidad es más compleja y evidentemente los rebasa. El outsourcing no es un fenómeno
propio de realidades postfordistas sino que se hace presente en cualquier
modalidad productiva. Ciertamente el postfordismo atrae, transforma y subordina
a una parte de la realidad productiva pero el outsourcing, más comprensivo, refuerza al neofordismo y recupera
y fortalece modalidades productivas previas al capitalismo.
En el caso de México, el outsourcing has significado la forma en
que se concreta su inserción subordinada al capital transnacional en la era de
la globalización.
Postfordismo y Neofordismo
Hay al menos dos corrientes del pensamiento crítico: la primera,
refiere que el sistema productivo hasta ese entonces llamado
taylorista-fordista ha sufrido una evolución que se centra en el gran avance
tecnológico. El taylorismo-fordismo sigue su curso productivo, el obrero
industrial sigue siendo la figura central del sistema productivo, el paradigma
de la explotación que este conlleva, pero su trabajo y la organización del
mismo se adecua a los cambios tecnológicos de la informatización, sobre todo.
La segunda habla de un cambio más radical, en términos de cambios
de los paradigmas mismos del sistema productivo. Esta segunda corriente del pensamiento
crítico llama postfordismo al nuevo sistema productivo y lo describe con una extensa
y criticada literatura. El obrero industrial deja de ser la figura laboral
central, así como la fábrica —o el lugar de trabajo— deja de ser el único lugar
de producción central. Esta corriente centra su análisis en las renovadas relaciones
sociales como productoras, ellas mismas, de la nueva riqueza. El trabajo, por
ende, cambia características, y se convierte de ser un momento definido en el espacio,
en un tiempo sin fin en un espacio globalizado. “El capital tiene la tendencia
a absorber bajo el perfil del control directo el entero mundo social y la practica
vital en toda su complejidad. La fábrica se socializa en el sentido que para
vivir y reproducirse, la entera colectividad se vuelve territorio de
actividades productivas inmediatamente sujetas al mando capitalista.
Quienes defienden esta última postura dejan claro que esta
situación hay que enfocarla en el marco de la tendencia. Tenemos entonces que
hablar de hegemonía de un sistema productivo como la capacidad de un sistema
productivo de imponer a los otros sistemas productivos sus propias formas,
modalidades, estructuras, tecnologías, etc. La comparación con el pasado nos
resulta útil para explicar este aspecto: cuando, en la segunda mitad del siglo
XIX, se construyen las primeras fábricas en las cuales aparecen las primeras
máquinas, el trabajo industrial como lo conocimos después era ciertamente
minoritario en términos cuantitativos. Y así siguió siéndolo durante varias
décadas. Sin embargo tardó mucho menos tiempo en determinar su hegemonía, toda
vez que, a pesar de ser mayoritario numéricamente, el trabajo agrícola ya se
veía invadido por el uso de las máquinas —característica del trabajo
industrial—, la organización del trabajo ya respondía
al tipo de organización industrial, etc. Tenemos aquí a la
hegemonía del trabajo industrial sobre el trabajo campesino, aunque por mucho
tiempo fueron más los campesinos que los obreros.
Cambio del sistema productivo del Fordismo al Postfordismo
Este cambio de sistema productivo se refleja en un cambio social
importante, resulta de una serie de procesos históricos. En el siglo XX se
acostumbraron a vivir bajo el régimen de la gran empresa fordista: grandes
fábricas que incluyen todo, que comprendían todas las etapas de la producción, que
proporcionaban trabajo a miles de personas en los mismos lugares, insertadas a pleno
título en la cadena formación-producción-descanso. El fordismo se caracterizaba
por “la producción en serie en el modelo de cadena de montaje, al utilizar
maquinaria con fines especiales y, principalmente, trabajadores no cualificados
en una división del trabajo basada en una fragmentación de tareas cada vez
mayor. La era fordista se caracteriza por la dominación de los mercados de
masas y por bienes estandarizados que se mantienen durante largo tiempo.
A partir de la crisis de la industria fordista sufrida en los años
70, el postfordismo se caracteriza por “la especialización flexible, la
tecnología de la información, las tecnologías de producción flexibles
(automatización), la globalidad”. En particular la especialización flexible que
requiere del trabajador ya no sólo la realización de tarea fijas, casi
rutinarias —como en el modelo fordista— sino que le pide extrema flexibilidad
en términos de adaptabilidad a cambios repentinos de producción —dependientes
del mercado— y al mismo tiempo la flexibilidad necesaria para el aprendizaje
rápido de nuevas tecnologías. En otras palabras, la especialización flexible se
caracteriza por la flexibilidad del trabajo y de la producción.
Las razones que llevaron al sistema de producción fordista a la
crisis mencionada han sido de diferente índole: factores llamados “externos”,
como pueden haber sido el aumento y fluctuación constante del precio de las
materias primas —el aumento del crudo en 1973, por ejemplo— situación hasta ese
entonces desconocida, pues regía aún el régimen de cambio fijo —sistema Bretton
Woods— y el alza del precio del trabajo, procedente de la conflictividad
sindical existente; la modificación de la demanda, procedente de una evolución
social que sin duda pertenece a los años 60; finalmente, el avance tecnológico.
El trabajo, representado por la organización sindical, a partir de
los años 50 comienza a imponer los derechos de los trabajadores, de forma tal
que el costo del trabajo como tal sufre un alza importante. Este factor es
fundamental para entender la crisis del sistema fordista a principio de los 70.
Esta crisis, sin embargo, provoca una reestructuración del sistema productivo y
de la organización empresarial llevando, en una especie de cadena
causa-efecto-causa, a la que comúnmente, en el ámbito sindical, se señala como
la “derrota histórica” del movimiento de los trabajadores.[5]
En el conflicto trabajo-capital que ha generado el cambio del que
hablamos, el rol del Estado, es muy importante ya que se convirtió en el siglo
pasado en garante de un sistema de protección en beneficio del trabajador a
través de medidas amortiguadoras de los conflictos existentes entre capital y
trabajo —con el llamado modelo keynesiano. Este rol, fue el fruto de décadas de
conflictos, confrontaciones, luchas, concertaciones, entre las dos partes involucradas—
el capital y el trabajo. En otras palabras, la fuerza del movimiento de
trabajadores —en el siglo pasado, los obreros industriales sobre todo— logró imponer
al Estado medidas de mediación del conflicto existente. Es evidente entonces
que el Estado pierde este rol cuando una de las partes comienza a ganar la
batalla. Dicho de otra manera, la fuerza de trabajo frente al capital comienza a
debilitarse por varias razones de tal manera que el Estado puede empezar a retirar
las medidas dejando, otra vez al trabajo —y sus sujetos, los trabajadores—
completamente desamparados frente al capital.[6]
[1]
ADRIANI, Luis, SUAREZ, María J., y ALVARIZ, Ariel (2004) “Principales
tendencias en el mercado de trabajo del Gran La Plata: la precarización laboral
en el período 1998-2003”. Ponencia presentada en lll Jornadas
Interdepartamentales de Geografía de Universidades Nacionales. Universidad
Nacional de Tucumán.
[2]
Hirst y Zaitlin (1991) en “¿Del fordismo al postfordismo? El advenimiento de
los nuevos modelos de organización industrial”, Vicente Cano, Universidad de
Valencia.
[3]
La exclusión se entiende como la incapacidad de las sociedades de integrar a
todos sus miembros, particularmente en el sistema económico y en los beneficios
sociales básicos. El empeoramiento de las condiciones de trabajo de gran parte
de la población ocupada contribuirían, entonces, al aumento del número de
personas excluidas (Lindenboim, 2000).
[4]
¿Del fordismo al postfordismo? El
advenimiento de los nuevos modelos de organización industrial”, Vicente Cano,
Universidad de Valencia.
[5] Benedetto
Vecchi, “Empresa” en “Léxico postfordista”, Feltrinelli, 2001
[6] Antonio
Negri y Michael Hardt en “Moltitudine”, Rizzoli, 2004.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario